“No
alcanza el talento, no alcanza el estudio. Uno tiene que tener una obsesión”,
dijo Gisele Ben Dor, directora de orquesta uruguaya-israelí que se presentará
en el Sodre el sábado 26 de setiembre. Entrevista de Ana Jerozolimski.
Siempre vale la pena escuchar las historias de
la destacada directora de orquesta Gisele Ben Dor (Buka de nacimiento), en cuya
identidad se combinan su Uruguay natal, los años que vivió en Israel, los que
lleva en Estados Unidos donde ha desarrollado el grueso de su carrera
profesional y su condición judía. Y esta vez, la ocasión que nos convoca es el
próximo concierto de la Orquesta Sinfónica del Sodre en el que ella está
invitada a dirigir.
El trasfondo de esta entrevista es, por lo
tanto, la emoción con que Gisele espera su primera presentación en la nueva
sala del Auditorio Nacional del Sodre. Gisele dirigió la Orquesta Sinfónica
hace varios años, así como otras orquestas uruguayas (más recientemente, la
Sinfónica de Montevideo en el evento que celebró los 75 años de la NCI, una
importante institución de la colectividad judía uruguaya), pero no ha dirigido
hasta ahora en la nueva sala.
Lo hará este sábado 26 de setiembre a las
18.30 horas.
Gisele, has dirigido orquestas en numerosos
países. Una lista muy parcial incluye a Estados Unidos, Francia, Inglaterra,
Israel, Hong-Kong, Australia, Suiza, Holanda, Finlandia, Italia, Brasil y
Chile. Y son varios más… Pero este viaje siento que te inspira una emoción
especial. ¿Es que Uruguay siempre seguirá siendo algo especial para vos, aunque
hace ya tantos años que vivís afuera?
Claro que sí. Y pienso que cuanto más
«mayor» sea yo, más lo será. Circulando por el mundo, habiendo vivido
muchos años en dos culturas -e idiomas- muy diferentes, a veces se corre el
riesgo de que uno pueda olvidar sus raíces. Pero a mí no me pasó nunca. Y esto
también pasa por vivencias muy concretas… por ejemplo a la forma como nos
reíamos de chicos, como si se nos desarmara el cuerpo, y a qué era lo que nos
hacía reír, el tipo de humor. Creo que nunca, luego de partir para otros
rumbos, llegué a reír con esa intensidad. Y ni que hablar de los amigos y la
familia. Espero verlos a todos. Fijate que en este momento estamos hablando
mientras yo estoy en Israel, cuando faltan pocas horas para festejar el año
nuevo, Rosh Hashana con mis padres, mis hermanos y sobrinos. Pero en Yom Kippur
estaré en el Uruguay, e iré a la sinagoga de la NCI. Me han dado incluso el
honor de participar en algunos momentos de los servicios, así como lo hago en
los EEUU.
Aparte de todo lo que significa el vínculo con
la tierra en la que uno nació, ¿cómo mantenés el contacto, cómo
«vivís» a Uruguay desde lejos?
Se lee bastante acerca del Uruguay a veces en
la prensa internacional. Noticias políticas, económicas, sociales. Tengo un
primo que me manda por email mucha literatura al respecto. Y en Israel, que
visito cada dos meses para ver a mis padres, tengo una amiga de la infancia que
está enterada de muchas cosas de nivel más personal, amigos comunes, por
ejemplo. Por supuesto la última vez que estuve en el Uruguay hace unos cuatro
años, me reuní con muchos amigos. Siento una emoción cálida y nostálgica cuando
pienso en mi infancia en el Uruguay. Y miro fotos a veces también, de esas del
tiempo de Matusalén, cuando había fotos que se ponían en un álbum, no como
ahora, que no tengo la menor idea dónde están.
Creo que puede decirse que se te considera una
gran embajadora de la producción musical latinoamericana, en especial de la
obra de Ginastera y Revueltas. En el 2004, junto a la hija de Ginastera,
creaste el «Tango and Malambo Festival». También estableciste la
fundación The Ben-Dor Music Discovery Project: Celebratingthe Art Music of
Latin America (El Proyecto Ben-Dor para el Descubrimiento de la Música:
Celebrando la música artística de Latinoamérica). Y organizaste un Festival
dedicado a Silvestre Revueltas, mexicano, en el 2000. ¿Cuál es la magia que te
atrae?
Las audiencias internacionalmente adoran la
música latinoamericana. Yo empecé a dedicarme a eso como parte especial de mi
repertorio, que es general y extensivo, ya hace muchos años, desde el 1991. Mi
primer «descubrimiento» fue el ballet «Estancia» de
Ginastera. No me había imaginado que así como otros compositores mundiales (De
Falla, Dvorak, Tchaikovsky, Gershwin, etc.) habían empleado su música autóctona
en obras llamadas «música clásica», así lo había hecho Ginastera. Me
habían pedido que hiciera la obra, que yo aún no conocía. Me sonó tan gaucha,
tan familiar y evocativa, que me enamoré. Se trata también del sentimiento
expresado, a veces melancólico, así como la alegría de vivir, los colores, la
danza. Luego de Ginastera, seguí con otros compositores (Revueltas, Villa
-Lobos, Piazzolla, Luis Bacalov). Me maravilla cuántas culturas musicales
diversas existen en América del Sur, y cuán poco se conocen en el exterior,
históricamente dominado por la música europea, y hoy en día, los estilos
populares ya internacionalizados. En mi página web hay más información y videos
también. (www.giseleben-dor.com)
¿Has hecho cosas nuevas en este ámbito?
Sí, claro, y en este momento tengo varios
proyectos por venir. En el año 2016 justamente se celebra el centenario del
nacimiento de Ginastera. La empresa Warner, productora de CD, publicará mi
último CD, grabaciones de composiciones de Ginastera incluyendo la
participación del gran Plácido Domingo en la premier de grabación de extractos
de la primera ópera de Ginastera, «Don Rodrigo» , así como una obra
basada en cartas de Kafka y otra obra que comisioné yo. Ese es el opus 15
escrito para piano, que yo hice orquestar. Es la segunda vez que comisiono una
obra para aumentar el opus de Ginastera.
Otro proyecto es la producción de un CD con la
tercera ópera de Ginastera, «Beatrix Cenci», que dirigí en premier
Europea con el Gran Teatro de Ginebra.
LA CARRERA, EL PROGRESO
¿Cómo empezaste tu camino en la música?
Empecé a dirigir a los 12 años en la NCI, la
institución juvenil judía en la que activaba. Era un grupo que yo había
formado, seis chicas, y nos llamábamos «Las Yejeifot» (Las descalzas,
porque actuábamos sin zapatos… esas idiosincrasias de los adolescentes).
Luego empecé a trabajar también en la escuela «Ivria», una de las
escuelas judías del país, que hoy ya no existe. Cuando me fui me dieron un
trofeo de agradecimiento por la labor de enseñanza. ¡Y yo era una chiquilina!
Recuerdo que me pagaban y yo era casi una niña trabajando en una cosa que
adoraba, en la misma escuela en la que yo estudiaba, y mi papá me permitía
gastar el dinero en lo que yo quisiera… O sea que son cosas que recuerdo con
mucho cariño de aquella época. Empecé a trabajar profesionalmente ya en aquel
entonces, pero recién más tarde, por supuesto, empecé a estudiar Dirección de
Orquesta. Para una cuestión muy especializada se necesita una orquesta y no
sólo a amigos dispuestos a ser conejillos de indias míos para que yo
experimente.
Entonces estudié en la Academia de Tel Aviv y
también en Jerusalén. Pero los estudios más profundos los hice en Estados
Unidos. Realmente me he entrenado allá.
¿Qué lugar juegan lo innato, el amor y el
interés con el que nacés, si cabe el término, y qué rol tiene el estudio
profesional y ordenado? Debe de haber una complementación y ninguno sirve solo
quizás, ¿no?
Pienso que sí. Siempre hay historias de
talentos naturales que se desarrollaron en forma casi completamente autodidacta
pero la mayoría ha tenido mentores, maestros. Incluso los grandes músicos,
Mozart, Beethoven. Claro que los padres ya eran músicos y ellos estudiaban
música de chicos. El hecho de que su genio fuera tan grande que superara en
forma tan astronómica lo que aprendían de los maestros, no significa que
hicieron toda su trayectoria sin instrucción alguna. Yo creo que el talento es
imprescindible, hay que nacer con eso, es algo que no se puede construir o
crear. Hay que tener oído musical. Yo veo a mi hermana menor, Lucy, por
ejemplo, que tiene un gran talento para la pintura y el dibujo. Yo no sé
dibujar una casita, nada. Y ella pinta, ilustra libros para niños, con un
talento excepcional. Siempre lo tuvo. Yo, nunca. Mi otra hermana, Doris, es
escultora, y ha hecho esculturas muy sofisticadas, gigantes, impresionantes y
de gran significado. Pero yo tengo el talento del oído -mi hermano Daniel
también tiene oído absoluto-, siempre lo tuve, y para un músico es
imprescindible. Claro que luego lo desarrollé, por la experiencia.
Estudiar y practicar es imprescindible
también, haciéndolo con maestros o como autodidacta. Yo soy autodidacta en
algunas cosas, pero del principio tenía maestra de piano, de armonía,
contrapunto, luego estudié en la universidad. Pero lo más importante es que uno
tiene que estar obsesionado. No alcanza el talento, no alcanza el estudio. Uno
tiene que tener una obsesión, que uno no se imagina haciendo otra cosa, que no
es que uno dice «podría trabajar aquí o allá». Creo que para el
artista no existe eso. Pensar en hacer otra cosa sería como morirse. Sería un
sacrificio casi como una derrota.
Mi hijo menor, al final del liceo, me dijo que
quería ser actor de teatro, pero que no se animaba a elegirlo como profesión.
Yo le aconsejé que si siente que muere si no es actor, pues que haga eso, por
más difícil que sea el camino. Pero si no es así, si puede verse a sí mismo
haciendo otra cosa, debía elegir otra cosa, y participar en obras de teatro
como aficionado. Hoy estudia psiquiatría y neurología en Nueva York y está
formando un cuarteto vocal, porque también le gusta cantar. Estoy muy
orgullosa. Y aliviada.
Linda descripción…
Así es. Recuerdo que de chiquita, yo tenía
obsesión con el piano. Después aprendí a tocar la guitarra, luego el acordeón,
por razones sociales… Si estaba todo el mundo de malhumor yo sacaba el
acordeón y se aclaraba la atmósfera. Pero el piano siempre fue mi adoración. Yo
llegaba de la escuela y corría al piano, siempre podía estar horas
improvisando. Lo que sucede con los artistas es que en general no hay
diferencia entre el trabajo y el hobby. No es como alguien que trabaja en un
banco pero luego en la casa juega al ping pong o mira películas de policías o
teje… Para el músico, la música misma es un entretenimiento y es un trabajo.
Es un trabajo duro, muy duro, porque es esfuerzo físico y mental. Los viajes
que hay que hacer constantemente… No es una profesión para gente cómoda.
MÚSICA Y FAMILIA
Tu familia te acompaña en tu música, ¿verdad?
Absolutamente. Ya ha pasado que hice volar a
los chicos por un fin de semana a Londres o a Ginebra, para un concierto. Y
también vamos juntos al teatro. Tienen un gran bagaje cultural. El mayor, en un
ensayo para la universidad de Harvard, tenía que escribir quiénes son sus
héroes. Y él puso: «Mis héroes son mis padres. Mi papá es hijo de
sobrevivientes de Auschwitz», explicó. (Mi suegro estuvo allí en efecto y
al llegar a Israel vivía en una habitación, en una casa para tres familias).
Continúa mi hijo en su ensayo: «Éxito, para mi abuelo, fue que al final,
tuvo toda la casa, con las tres habitaciones, para él, y que pudo mandar a su
hijo a la universidad. Para mi papá, el éxito fue que terminó ingeniería, que
hizo business y le fue bien. A cada generación le fue mejor. Eso es lo que yo
quiero. Y mi mamá, Gisele Ben-Dor, es directora de orquesta y mi papá la siguió
por todos lados para que ella pudiera estudiar y trabajar. Criaron los hijos
juntos, en todo sentido. Como mujer directora ha tenido que superar prejuicios
y ha hecho muchos sacrificios… Hace música latinoamericana, algo que en la
música clásica no ha sido suficientemente desarrollado. Y esos son mis
héroes»… Y lo aceptaron en Harvard.
Divino. Y hablando de tus hijos… es poco
común sin duda, sé que dirigiste orquestas con un embarazo avanzado, ¿verdad?
Sí, con la Filarmónica de Israel. Yo andaba
por acá en el verano, cinco meses antes de dar a luz y me encontré con mi
maestro de la Academia Rubin en la calle, en Allenby, Tel Aviv. Me dijo que
justo iba a haber un gran programa con Zubin Mehta y la BBC de Londres, que lo
iban a transmitir por toda Europa y si me gustaría estar. Dije que sí, ¿cómo
no? Me mira y me dice: pero estás esperando ¿no? Ya se me notaba un poco. Le
dije que sí, y que le pregunten al Maestro, a Mehta, si le molestaría, porque
yo ya iba a estar por dar a luz. Le preguntaron a Zubin y él dijo: «si a
ella no le molesta, ¿por qué tiene que molestarme a mí? …». Y ese fue mi
primer concierto ante una orquesta profesional y un gran público, ya que recién
había terminado mis estudios en Yale.
¿Fue una buena experiencia?
Sí, fue un lindo evento y a la gente le
encantó. Te imaginarás los chistes que la ocasión inspiraba a inventar, con una
directora sobre el escenario a punto de dar a luz. El auditorio Mann estaba
lleno, algo totalmente extraordinario. Todavía lo siguen pasando por
televisión. Poco después tuve a Roí y empecé entonces de a poco. Luego, cuando
ya estaba también Gabriel, lo llevaba a todos lados en una canastita. Venían
conmigo mi mamá y mi suegra, viajaban conmigo esas dos abuelas por todos lados
para ayudarme con el chiquito, así no tenía que dejarlo en manos extrañas. Me
ayudaban muchísimo. Se turnaban. Hasta no sé qué edad lo llevaba al chiquito
conmigo. A él también le gusta la música, toca el piano improvisando Jazz,
estudió también guitarra y trompeta, canta… Actuó en obras de teatro, lo
mandaban a cantar en coros en Estados Unidos representando a su liceo, y
escribía una poesía hermosísima, en inglés… Jugaba con las palabras como si
fueran bolitas que quisiera combinar.
DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN
¿Dónde entra acá el trasfondo familiar? Me
contaste en una entrevista, hace años, que esto ha pasado de generación en
generación…
Así es. Mi mamá canta divino, tiene una voz
extraordinaria, y tiene además un gran sentido musical. Y eso vino de su
familia, ya que a mi abuelita Fanny le encantaba la música, la ópera… ya
desde Varsovia. Y a su mamá, a su vez, también… Se ahorraban el poquito
dinero que tenían para ir a la ópera… Y bajo el régimen comunista no era nada
sencillo. Tenían que hacer la cola durante horas en el frío de Varsovia. O sea
que es un interés que viene de generaciones. Yo, a los tres años, dije
«quiero un piano».
Y cuando cumplí cuatro años, allí estaba el
piano, de sorpresa. Y yo estaba loca de la vida. Quería estudiar, enseguida me
puse a improvisar y cualquier cosa que escuchaba me ponía a tocarlo en el
piano. Es que el talento de músico es algo de lo que uno ni se da cuenta, te
viene solo. Pero luego los estudios hay que realizarlos de forma organizada.
En los genes
25/Sep/2015
Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski